15 jul. 2005

Bicho Raro

Hoy me siento atemporal, apartada, inconexa y aberrante. Atemporal porque pareciera que no estuviera en las mismas coordenadas de tiempo y espacio. Apartada ya que de alguna manera pareciera que mi vida juega un vals con la soledad, donde giramos uno alrededor del otro y si no viene a mi, voy y la busco, y aunque en determinado momento de la pieza cambiemos de pareja, sabemos que vamos a reencontrarnos unos pasos más adelante. Inconexa siempre he sido. Hace mucho que no siento que estoy en el mismo lugar que los que hay a mi alrededor. Como que fuera un electrodoméstico de 220V trifásico en un país de 110V que no tiene conexión a tierra. Y aberrante... porque si fuera normal no tendría tanta dificultad en encontrar gente con la que me pueda relacionar en el día a día. Estoy cansada de vivir como errante. Un nómada que no deja raíces en ningún lado, que entra y sale de lugares sin dejar huellas ni interrumpir el orden.

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Unos amigos una vez comentaban como era extraño que irónicamente era a mi hermana a la que imaginaban casándose y haciendo una familia... pero que a mi me imaginaban de esas mujeres que nunca se casan, que recorren el mundo sin importarles lo que piensen los demás, criando gatos, juntándome con un galán de turno y abandonando al desdichado apenas me aburriera. En el momento me hizo gracia: sinceramente no sé que es lo que me gustaría en la vida. La idea de ser la vieja de los gatos no me llama la atención, pero tampoco he soñado nunca con matrimonio de vestido blanco con espumosos encajes y crujientes velos para vivir siendo la esposa de Fulano y la mamá de Fulanito y Fulanita. Ser ama de casa dedicada sería frustrante, ser madre y además trabajar por fuera tampoco me interesa.

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Si me interesa estar con alguien con quien pueda compartir el resto de mi vida. No me imagino navegando por los océanos en un barco habitado con una población de 1. Armar familia sería solo en caso que estuviera casada y mi marido quisiera hijos. Los niños no me hacen mucha gracia, mucho menos para tener uno por cuenta propia y criarlo sola. La soledad a ratos me ataca feo... en Monteverde era una soledad física: mis amigos y personas cercanas emocionalmente estaban a 5.5 horas de distancia. Anteriormente había experimentado la soledad de estar rodeada de gente y no tener con quien hablar de tu a tu. Sin embargo, en esos momentos sabía que estaba ayudando a una comunidad, me enterraba en el trabajo físico. Paleaba, jalaba carretillos, llenaba cajuelas de café, rastrillaba café en secadores solares con temperatura promedio de 40 grados centígrados. Me agotaba físicamente: cuando te duele hasta el pelo, no gastas energía en pensar en no tener de quien hablar y compartir. En ese entonces escribía.



Ahora también.

1 Comentarios:

Blogger Jen® dijo...

q post más lindo. ud cada día me sorprende más. la felicito.

todos somos bichos raros intentando ser menos raros o ser tan raros como el resto. pero siempre llega el complemento perfecto.

créame, sé porqué se lo digo :)

saludines

9:45 p. m.  

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