11 jul. 2005

Chocolate

Hay tardes en las que me gusta reconectarme conmigo misma. Llego a mi casa y sin prender luces dejo mi maletín en un sillón. Lo abro para sacar el libro que esté leyendo y me dirijo a la cocina. Ahí bajo mi taza azul de peltre del ganchito donde cuelga sobre la pila, la lleno de una mezcla de agua y leche y la pongo a hervir sobre una hornilla. A veces me siento en el mostrador frente a la estufa para esperar que hierva mientras pienso en cualquier cantidad de cosas: hago listas mentales de tareas por hacer, planes, proyectos, metas, deseos y más. Otras veces pongo música y me siento en la sala con un libro, o el periódico si no lo he leído.

El sonido del líquido vaporizándose al hacer contacto con la hornilla me avisa que está en su punto. Bajo una taza gorda de porcelana, le pongo unas cucharadas de chocolate amargo, una cucharadita de azúcar y lo revuelvo seco en el fondo de la taza para luego verter lentamente la leche: primero un chorrito corto para mezclar totalmente el cacao y líquido y cuando tengo una pasta homogénea entonces vierto el resto de leche. Apago la cocina y con mi libro bajo el brazo me dirijo a mi momentáneo destino. Unos días prefiero poner la taza sobre la mesa de la sala, quitarme los zapatos y correr los cojines del sofá para recostarme a leer o escuchar música mientras disfruto del chocolate caliente, otros días escojo subir al segundo piso y acurrucarme sobre los cojines en el descanso de la ventana para observar el horizonte.

Cuidadosamente sostengo la taza entre mis manos mientras me acomodo: a la taza la dejo entre mis pies para que mis brazos estén libres de abrazar las piernas que doblo contra mi pecho, la barbilla apoyada en alguna de las dos rodillas. Otras veces me siento con las piernas cruzadas y la taza agarrada con fuerza entre mis manos, y de ahí no se separa hasta que haya vaciado paulatinamente su contenido.

Observar el panorama desde la ventana me trae paz. Tengo la dicha de poder observar sin mayor obstrucción los límites al oeste de la depresión Central. Si está despejado, el atardecer tiñe los edificios y nubes de naranjas y rojos, si está lloviendo pareciera que desaparece la ciudad por un momento, y estoy suspendida en el limbo, totalmente aislada, el martilleo de las gotas retumbando sobre las latas de cinc y acrílicas del techo. Mis momentos favoritos son cuando ya se ocultó el sol pero su reflejo sigue iluminando: Puedo apreciar detalles todavía y las luces van aumentando en potencia. No vengo a buscar respuestas, y son preguntas las que me absorben.


¿Quienes vivirán iluminados por todos esos puntos de luz que cubren irregularmente las montañas? ¿Cuántas familias estarán reunidas cenando durante aquel crepúsculo? ¿Cuántos novios se estarán despidiendo para poder llegar a tiempo a casa, antes que anochezca completamente? ¿Cuántas personas estarán solas en ese momento, y cuáles disfrutarán o maldecirán la falta de compañía? Me gustaría que algún día durara el chocolate caliente lo suficiente para poder acercarme a descubrir esas respuestas.

2 Comentarios:

Blogger Jen® dijo...

para q su chocolate durara lo suficiente para todo eso, tendría q tomarlo en una suuuper tazota!

saludines pequeña :)

10:00 a. m.  
Blogger medea dijo...

jeje, un jacuzzi de chocolate :P

12:59 p. m.  

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