14 dic. 2005

El Chapeador

Pensó en su rutina de cada mañana desde hacía 17 años. Sentir el frío del otro lado de la cama y despertar. El olor a café recién chorreado y a leña madura flotando en la habitación, impulsandolo a despejar las últimas telarañas del sueño. Con la mirada al cielo dirigirle un buenos días al Cristo crucifijado que colgaba sobre el lecho, sus gotas de sangre acrílica negras a la luz del amanecer. Se sentaría sobre el borde de la cama y extendería el brazo para alcanzar el pantalón que todas las noches colgaba del respaldar de la silla. Ese movimiento sería suficiente para que Pancha, durmiendo enroscada debajo de la silla como siempre, se sacudiera el pellejo y bostezara mostrando sus ineficaces colmillos. Él se pondría el pantalón sintiendo el frío roce de la tela sobre la piel: a veces refrescante en mañanas calurosas y otras veces como un golpe helado que hacía correr la sangre. Buscaría debajo de la cama y sacando sus botas golpearía el hule sobre la madera, desplazando cualquier animal que pudiera haber buscado refugio en ellas.

El tric trac de una tapa bailando sobre su olla dejaría escapar olor a alimento, a vida. Acomodaría sus escasos cabellos con una pasada de mano y Pancha lo observaría atentamente mientras él se levantara con un crujido de resortes. Ella lo seguiría fielmente cuando pasara por una taza de café al fogón y sientiera la lata calentándose a medida que el café llenaba su desportillada taza de peltre. Él levantaría la inquieta tapa del pinto: el caldo de frijol todavía hirviendo sobre la superficie del arroz y sacaría una cucharada colmada que depositaría sobre un plato de aluminio. Con el fondo del cucharón majaría los frijoles y el arroz hasta que estuvieran suaves y lo pondría a un lado de la cocina: pronto estaría frío y Pancha se los podría comer. Después descolgaría el machete de su clavo junto a la puerta, se lo ajustaría al cinto y saldría con la taza sostenida entre sus manos a saludar al sol. Pancha trotaría a destiempo frente a él, oliendo lo nuevo que traía el día. Ya se sentiría movimiento en las calles, y los frenos de aire de los camiones interrumpirían el silencio matinal. Él notaría que las gallinas estaban ya comiendo, que la vaca había sido ordeñada y que en la huerta estaría su mujer con su sombrero amarrado con un pañuelo, hincada recogiendo alimentos o eliminando malas hierbas y su larga trenza cenicienta escapándose por la espalda. Él seguiría el trillo hasta llegar a la perrera. Pancha saludaría silenciosamente a los canes, quienes ladrarían cuando vieran al hombre sin camisa aparecerse. Abriría la quejumbrosa puerta de resortes y al entrar la multitud de perros lo rodearían y levantarían viento y polvo con el vaivén de sus dispares colas. Pancha no tenía cola, ella sonreía con todo el cuerpo.

Abriría el estañón plástico de la comida, sacaría una pala hecha hace años con una pichinga recortada y con unas cuantas medidas llenaría los platos mordisqueados de los animales, quienes redireccionarían su alegría y euforia a la acción de comer. Mientras los disímiles animales se alimentaban, Pancha acompañaría al hombre a recorrer la tierra: éste recortaría ramas, quitaría matas y pastos y le daría forma al cerco vivo que daba a la calle. Dejaría la taza bajo un árbol, guindando de una corta rama donde también colgaría la funda del machete. Con cuchillo en mano estaba entonces dispuesto a enfrentarse contra el muro vegetal. El machete cantaría y Pancha lo seguiría con la vista mientras erráticamente decapitaba flores, hojas y ramas, dejando un rastro de despojos verdes y rojos tras de si.

El hombre trataría de mantener el rabillo del ojo sobre Pancha, quien a veces salía de su sombra para acercarse a oler algún rastro sobre el asfalto para luego quitarse cuando veía un carro acercarse. El canto del machete se volvería ronco y el hombre saldría a buscar la lima para regresarle el filo y que llegara nuevamente a los agudos. El raspado constante de la lima sobre la cuchilla iría cambiando de tono. Él podía escuchar el filo del machete, la canción aguda y punzante de un buen corte. Satisfecho, quiso compartir su victoria musical con Pancha: Pero como respuesta escuchó el definitivo golpe sordo y chillar de llantas.

Hoy debajo de la silla solamente queda polvo.

San José, 14 de Diciembre de 2005

6 Comentarios:

Blogger ndrtkr dijo...

Medea, este texto es imaginado o es una descripción real ? Si es imaginado, vaya precisión y semejanza con la realidad...

Excelente!

1:15 p. m.  
Blogger medea dijo...

imaginado... inspirado en alguien, pero imaginado después de todo.

1:30 p. m.  
Blogger beto dijo...

Qué final más trágico... :(

Pero qué buena historia y qué lirismo. Nunca te han dicho que te dedicaras a la escritura? :D

Me evocaste los tiempos en que de chiquillo me llevaban a casa de la abuela en Sarchí...

1:47 p. m.  
Blogger Ana dijo...

Me encantó la descripción de cada detalle.
Imagine el sentimiento que llenó al chapeador en ese momento, lo he vivido un par de veces, aún más ver ese rincón que ahora sólo alberga polvo.
Muy bueno!!

2:15 p. m.  
Blogger Citrus dijo...

La peor sensación: imaginar la Tragedia de Pancha y la impotencia del viejo; sentí igual que cuando secuestraron a Nemo frente a su padre.

3:50 p. m.  
Blogger Caro dijo...

Que falta tan grande sentiría ese hombre después de ese día. Aunque no era humano por lo que no hablaba o hacía señas para decir algo, caminar solo siempre puede ser bien aburrido.
Que buena imaginación, practicamente no se le olvido nada que describir.
Disfrute mucho leyendo este texto.

Saludos

:D

11:52 a. m.  

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