3 feb. 2006

MADC

El sábado pasado fui al MADC a ver la exposición de la Colección Cisneros que está en Costa Rica. Una exposición que me fascinó, me recordó de la existencia de este museo y ese espacio maravilloso donde lo que se aprecia no es únicamente lo que hay en frente, sino el efecto que tiene la obra sobre uno.

Me encanta el arte contemporáneo. Me gusta como me habla, como se involucra conmigo. Algunos expertos opinan que ese es el primer indicio del kitsch, que busca esa complicidad con la persona, el sacar emociones, pero en mi caso las emociones que saca no son pre-empacadas para fácil consumo. Me gustan las instalaciones, las esculturas lúdicas, lo absurdo. Si voy a un museo de arte más tradicional, usualmente lo que me atrae es la técnica. Que esté bien hecho, la definición más simplista de "arte". Pero el sábado vi obras sencillas, que "cualquiera podría hacer"... y me movieron. Me dejaron pensativa, involucrada. No sé si dejé un pedacito de mi dando vueltas por las salas o si me traje un pedacito de las obras conmigo para andar paseando por la ciudad, pero ya no nos hemos separado.

He soñado ultimamente con sus obras, es como si las imágenes las hubiera archivado detrás de mis párpados para verlas en el trabajo, en el bus, o caminando por las calles. Una de las obras que me encantó fue el
Jardín Vertical de María Fernanda Cardoso, de Colombia. Una pared de rosas rosas plásticas... algo tan vulgar y corriente de pronto cobra sentido y belleza: es extraño, generalmente veo rosales y me remito a un lugar frío y montañoso, una casa vieja y espinas que te rasgan la piel. Tantas espinas, tantos tallos enredados y hojas polvorientas para producir una flor que está demasiado alta y resguardada como para apreciarla bien. Las rosas nunca me han encantado. Me parecen artificiosas. Sin embargo, ESTAS rosas eliminaron esa reacción. Que insólito tener deseos de abrazar una pared de rosas artificiales, de recostarse en ella si acaso no hubiera sido vertical. Quise poseer esa pared. Algún día yo también tendré una pared de flores.

Otra que me gustó fue una fotografía gigante de Vik Muniz. Pasé minutos comentando las posibilidades de la obra. Qué era esa sustancia? Cómo brillaba tan espectacularmente? Cómo lo hizo? Y de pronto se me ocurre que es una foto de una imagen chorreada basada en una foto de un artista haciendo una imagen chorreada. Wow.

Las fotos de Luis González Palma eran hipnóticas. Un trabajo exquisito, mujeres preciosas, iconografía religiosa... Tal vez fue la manera que la mujer retratada en un cuadro en específico me recordó a Santa Rosa de Lima, la santa patrona de mi ciudad natal. Hasta tenía esa impresión de que estaba atenta y observando.

Pero la pieza que me persigue, me obsesiona, me hace reir en silencio con solo acordarme, me hace dudar de mis estructuras, la pieza que resume mis conflictos diarios entre el deber ser y lo que quiero hacer es La Noche Boca Arriba de Jorge Macchi. El efecto de esa pieza fue similar al de la silla de sombra en el Pompidou. Un momento de esos de iluminación, de ¡eureka! Quiero ser esa tabla.

Les recomiendo demasiado asistir a esta exposición de Ecos y Contrastes de la Colección Cisneros. Está en el museo de Arte Contemporáneo en el Antiguo Fanal. Lunes de 11am a 6pm entrada libre, martes abierto de 11am a 8pm, miércoles a sábado de 11am a 6pm. Anímense y me cuentan.

1 Comentarios:

Blogger Ana dijo...

Fui a verla hace unas semanas y me encantó, la de Vic Muniz me cautivo, la textura que se le veía a la sustancia era increíble, se antojaba.
Estoy completamente de acuerdo con La Noche Boca Arriba, se volvió de esas cosas que suelen regresar a mi mente continuamente.
También la recomiendo, ahora con leer el post se me antojó irme a dar otro gusto viéndola.

7:10 p. m.  

Publicar un comentario

Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]

Vínculos a esta publicación:

Crear un vínculo

<< Página Principal