23 abr. 2006

Carrera

Una invitación inesperada y medio loca, una aceptación igual de atarantada y ahí estaba yo un sábado camino a Puntarenas a la carrera Sol y Arena. Buena música en el camino (Aimee Mann, The Cure, Portishead) y un clima que no parecía componer. Sol a ratos, lluvia en otros y en general una brisa algo fría. Las horas pasaban y la presa nos estancaba lejos del punto de partida.

No había conocido a un corredor de carreras hasta hoy. Descubrir qué es lo que hace que correr se convierta en una pasión en vez de un estrés fue un acontecimiento. Sabía abstractamente que existía gente que gustaba de poner un pie frente al otro, y conocía a otros que lo hacían regularmente, pero más por obligación que porque realmente quisieran dedicarse a eso. Hoy conocí a alguien quien me habló con un brillo en los ojos del estado Zen de estar conectado con el camino, de las endorfinas que genera esa búsqueda de no ganarle a otros necesariamente, sino de ganarse a uno mismo. Me cambió el panorama.

Soy a veces melodramática. En aquellas épocas lejanas cuando tenía tele, si pasaba por un canal con carreras, lo dejaba. La maratón en las olimpiadas de Sidney quedó marcado en mi mente. Sintonicé el canal y escuché que estaba cerca la meta, y sólo por eso me quedé viendo. El haber participado a lo lejos de esos pocos segundos cuando el ganador entra al estadio fue muy poderoso. Primero está el estadio, todos pendientes de esa pantalla que les advierte que ya casi va llegando la primera. Todos están a la espectativa. La corredora va con un pie golpeando el suelo después del otro, concentrándose únicamente en el próximo paso que va a dar. Ese momento cuando entró al estadio y fue recibida con gritos, aplausos y palabras de aliento me conmovió. La corredora levantó la vista y en su rostro se vio reflejado por un instante tantos sentimientos y casi que se podía leer su pensamiento a través de sus ojos. Un impulso y una reserva milagrosa de energía le imprimió una vivacidad a sus pasos, un rebote a cada zancada que se la veía volar a través de la pista de atletismo. Dio la última vuelta escuchando su nombre ser vitoreado por las masas, rebotando en las paredes, un eco constante y energetizante. Y de pronto un grito colectivo de euforia cuando atravesó la cinta que quedó pegada a su pecho mientras daba esos últimos pasos de carrera antes de comenzar a caminar para enfriarse. Las lágrimas corrían y los mocos amenazaban salir a chorros por las fosas nasales. Era la representación del triunfo, de la llegada, del cumplimiento de metas y planes personales. No importaba el país de donde era, no importaba nada más que ella estaba ahí, de primera, y su triunfo marcaba el triunfo de todos y cada uno de los hombres y mujeres que se enfrentan a retos y tareas y salen victoriosos.

La de hoy fue a escala mucho más pequeña. Cuando llegué a la meta , ya habían llegado los primeros corredores: ellos fueron muchísimo más rápidos que el taxi en el que iba. Pero si pude ver la llegada de la primera mujer, y de todos los corredores que llegaron después, felices, emocionados, satisfechos. Me di cuenta que ganar la carrera no es el punto de correrla, sino que el sólo hecho de sobrepasar las propias marcas es suficiente para la satisfacción. El corredor compite consigo mismo, con sus límites, con su experiencia previa.

Recordé a los jóvenes del pueblito de Altamira, que subían y bajaban del Albergue de Valle Escondido en medio día. Un trayecto que a nosotros nos demoró unas 13 horas con mochilas al hombro, ellos podían hacerla en 6 horas, ida y vuelta, cargando cilindros de gas, sacos de arroz y frijoles y cualquier cantidad de alimentos y materiales. Ellos subían a paso apretado, y bajaban corriendo con los talones pegando contra la nuca. Subían y bajaban pendientes, cruzaban ríos, pasaban por troncos, todo con velocidad y pericia. Y quién sabe si ellos se daban cuenta de lo impresionante que era esa faena.

Pienso en mi amiga y en todos los otros corredores que hoy participaron. No puedo más que admirarlos. Le exigen a sus cuerpos lo máximo, y éste accede a la petición. Yo que no corro ni siquiera 100 metros sin que mi cara agarre interesantes tonos de rojo y mis pulmones griten y silben en protesta, siento que lo que hacen es casi que magia.

Felicidades a tod@s. Se merecen todos los triunfos del mundo.





2 Comentarios:

Anonymous iris dijo...

me alegra haber podido transmitirte un poquito de mi amor por la carrera, y sobre todo, el hecho de haber compartido con vos esa experiencia que para mi es tan especial.
gracias a vos.

1:16 p. m.  
Blogger Humo en tus ojos dijo...

Yo toda la vida había odiado correr, era 'estúpido' según mis amplios parámetros. Sin embargo, como de un tiempo acá me he ido peleando cada vez más con el gimnasio y con las máquinas, los últimos 4 o 5 fines de semana me ha dado por irme a la U a correr, y sí... hay una sensaciòn que era para mi desconocida, que se parece en algo a eso que escribís

7:25 p. m.  

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