8 may. 2006

Curvas peligrosas

El corazón lo sentía latir detrás de los ojos. Mis manos sudaban y se resbalaban de las agarraderas, y la garganta se me cerraba con un grito buscando la salida. Un rugido ensordecedor en los oidos, un vacío en el vientre y la certeza que en cualquier momento corría el riesgo de mojar mis pantalones.

Las montañas rusas son de esos inventos que constantemente me recuerdan la inventiva del ser humano. Tenemos cualquier cantidad de inventos que han logrado que nos sintamos más seguros. Ya no tenemos que ir de cacería, vamos al súper. No tenemos que usar fuego para protegernos de las bestias porque en parte hemos eliminado las bestias y por otra parte ahora usamos paredes, alambres de navaja y sistemas de alarmas. Sin embargo, hay millones de dólares invertidos en una industria que existe sólo para ponernos en situaciones de alto riesgo para que nosotros rechacemos nuestro sentido de autopreservación y nos lancemos a disfrutar de la sensación de peligro.

Se me ocurre que la vida no es sólo como una montaña rusa, sino que es como un parque de diversiones. Una vez que estamos ahí, cada quien busca lo que más le gusta. Hay atracciones para todas las personas. Algunos se quedan jugando en las maquinitas y ganándose osos de peluche gigantes. Otros sacan una revista y se sientan debajo de un árbol a esperar que otros terminen lo que venían a hacer. Hay muchos que no se suben a nada, que no entienden la fascinación de ir a velocidades altas en un carrito impulsado por la gravedad. Otros se suben a aquellos juegos a los que les hago la cruz: las conchas locas, la centrífuga, la araña. Algunos disfrutan demasiado subir a los juegos en que van a salir completamente empapados y no les preocupa en lo más mínimo estar todo el día con el pantalón chorreando agua y el calzón empapado. Hay juegos de alta adrenalina, hay atracciones que no presentan ningún riesgo, aptos para niños y miedosos. Hay momentos de la vida donde tal vez nos agarre por cierto tipo de juegos, y después los dejamos olvidados y nunca volvemos a pensar en que uno puede ir a patinar al parque de diversiones. Alguien nos puede contar cómo es el recorrido de la montaña, mostrar videos, fotos y describir sensaciones, pero uno no sabe cómo es exactamente hasta que lo experimenta en carne propia. Es un gran laboratorio para ir midiendo nuestros límites.

Escojí subirme a las atracciones más fuertes. En algunas me senté al frente: pude ver el camino y prepararme para la caida de 200 pies sin nada entre el vacío y yo. En otras máquinas me senté atrás, donde no podía ver el camino y ese desconocimiento hacía que me tomara por sorpresa el próximo giro. Independientemente del lugar que hubiera escogido, el final es el mismo. Sin importar las vueltas y los sobresaltos, al final salía de la montaña con endorfinas y adrenalina fluyendo por la sangre. Y placer saliendo por cada poro.

Me gusta el riesgo de las montaña rusas, de la misma manera que me gusta el riesgo de los rápidos y del bungee. Porque sé que el riesgo está medido. Porque sé que al final de cuentas no es de verdad: ya muchos han ido por ese camino y han estado bien, así que las probabilidades están de mi favor.

Sin embargo, ayer una de las atracciones a las que me subí en Six Flags Magic Mountain se averió. Algo inesperado, un riesgo que uno sabe que está presente pero duda que suceda. No fue algo serio puesto que no nos pasó nada. Como dijeron: hubo "una pequeña falla técnica". Tuvimos que esperar al sol, metidos en nuestros asientos mientras arreglaban el desperfecto. Nos prometieron que apenas estuviera arreglado nos darían otra vuelta en la atracción, y sorprendentemente todos aceptamos. Hice el recorrido de Superman The Escape 4 veces.

Pienso en que se parece un poco a las metidas de pata de mi vida. Más bien, es como me gustaría lidiar con las metidas de pata. Poder levantarme, sacudirme el polvo y seguir adelante. Darle otra oportunidad. Y otra. Y otra más. No pasé por una crisis de "acaso fue mi culpa que haya habido un desperfecto?", "y si vuelve a suceder?", o "estas cosas solo me pasan a mi". Más bien fue como una aventura, una oportunidad de disfrutar la atracción más veces a cambio de un pequeño inconveniente. Ver lo positivo en vez de fijarme en lo que salió mal. Una actitud saludable.

En el parque no hay un camino definido. Caminábamos por donde queríamos, si veíamos una montaña bonita, nos subíamos. Si teníamos hambre, comíamos, y si la sed nos ganaba nos tomábamos una limonada, o un powerade en 3 tragos. No me gustó esta montaña? Que importa, habrán otras mejores. A veces habrá fila y veré en las caras de los que salen si vale la pena o no. Ayer había atracciones con filas larguísimas, otras que estában vacías. Decidimos subir a una de las que no tenían fila. Dudamos de nuestra decisión, después de todo, tal vez no había fila porque era una montaña fea. Pero cuando lo peor que puede pasar es que sea aburrida, no hay mucho que meditar. Lo único que podíamos perder era tiempo. Igual nos sentamos en ese carrito y arrancó el viaje. Era una montaña rusa de madera, de las primeras que se inventaron. Después de estar en las de curvas invertidas, tirabuzones y giros, esta seguramente no nos haría gracia. Pero fue genial. El carrito se sacudía, daba esas vueltas rápidamente y las bajadas las sentí en las entrañas. Otras montañas, como la "Scream" pasaron por mi sin penas ni gloria. No recuerdo muy bien de qué se trataban, mi cuerpo no guardó las sensaciones. Sólo dos lograron quedar grabadas. Esa vieja montaña de madera, y la última montaña a la que me subí. La más moderna X, una quimera entre el zipper y una montaña rusa, con asientos que giraban 360 grados independientemente del movimiento del carrito sobre el riel.

Una montaña rusa que falle podría matarme o dejarme gravemente herida. Si lo pongo en perspectiva, es mucho más riesgoso amarrarse a un carrito de esos que irse de cabeza por alguien. Entonces por qué es más facil para mi dejarme en manos ajenas y no sobreanalizar las cosas cuando se trata del cuerpo y hacerme un manojo de enredos cuando son asuntos del corazón? Porque tanto para relaciones como para atracciones me gusta que sea interesante, apasionante, diferente. Asumo el riesgo en las montañas, tengo que aprender a asumirlo con las personas. Amar apasionadamente va de la mano con el desamor que se queda atragantado. La felicidad de sentir a alguien cerca no se siente sin la ausencia.

Aunque exista el riesgo de salir mareada y con ganas de ir a buscar el baño más cercano para devolver mi milkshake de cereza y maldiciendo el momento en que pensé que sería buena idea subirme, voy a aprender a jugarme bien ese chance, porque otras veces saldré sacudida y con el corazón latiendo a paso doble y una sonrisa de oreja a oreja y los ojos destellantes.



2 Comentarios:

Blogger Denise dijo...

Las montañas rusas me dan un miedo... pero como todo: si me atrevo la 1era vez luego me acelero, me da un adrenalinazo y quiero más...

Para la vida, desgraciadamente, también visito arañas y conchas locas, cada vez menos, eso sí!

un abrazo!

3:46 a. m.  
Blogger eimb dijo...

Nunca me subí a una. Pero dan miedo.

9:27 p. m.  

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