20 jun. 2006

Aparentemente workaholic

Cuando se comparte cama, hay un gran aliciente a no salir de ella, a quedarse metido y arropado y abrazado. Llegar al trabajo a tiempo es todo un triunfo personal. Es que esas horitas de la mañana son únicas. De abrir los ojos y saberse acompañado, apenas para llenarse de felicidad y plenitud. Todos los amantes madrugadores merecen una medalla. En eso pienso cuando suena la alarma a las 4 de la madrugada y todavía está todo iluminado por luz de luna. No hay nada que me retenga entre las sábanas más allá de la pereza, que siendo como es, ataca a cualquier hora y en cualquier momento.

Ahora que vivo la soltería, el saltar de la cama no se ha convertido en tarea fácil, pero sí es menos titánica. La luz del sol nunca me despertará en mi cuarto hasta que sean las 12 del medio día, ya que mi hueco de hobbit es iluminado por un tragaluz. Las 4 de la mañana son tan oscuras como las 7 u 8. Despertar es cuestión de hacerle caso al despertador. El agua caliente es la perfecta transición, así que termino de dormir en la ducha. Lo que me saca del sopor onírico es la ventana grande que abre al patio de luz, y el frío que se cuela por ahí. Vestirme, agarrar el almuerzo preparado la noche anterior y a pegarme la caminadita de 500 metros hasta la parada. Son las 5 am.

Nunca había estado tan de madrugada en el centro de San José en una situación que no involucrara estar vestida con la ropa del día anterior. Eso de ir caminando al trabajo y saludar gente que va saliendo de Chelles después de una noche de fiesta es extraño. Estar del otro lado del espejo. En las mañanas casi no se escuchan voces. La misma gente, a cualquier otra hora, habla. A las cinco de la mañana, solo se escuchan pasos. La basura que fue esculcada, escarbada y esparcida durante la noche todavía no ha sido aplastada contra los adoquines por el pasar de trabajadores: vaporosa, se arma en remolinos alrededor de mis piernas.

En el trabajo anterior, sufría por entrar a las 7am. Ahora lo hago sin mucho aspaviento, y aprovecho lo posible para madrugar un poco más, y tener las tardes libres. A las 4pm que llego a mi casa, queda todo el día delante. Tomar café, hacer mandados, ir de compras, pasar al mercado central por el diario. Más aún, ahora entro a trabajar a las 6am. Nadie me fuerza a hacerlo. Todo surge de la posibilidad de salir a las 3pm y brincarme la presa, y llegar a mi casa en una hora en vez de dos. Podría llegar a las 9 o 10 si quisiera... el poder elegir le quita lo angustioso. No tengo que llegar a las 6am, Quiero llegar a esa hora. Empoderamiento.

Entrar a las 6am significa que estoy sola en mi fila. Entonces, a las 5:40 ya estoy sentada en mi cubículo, rodeada de silencio, y puedo dedicarle un momento a surfear la red, revisar correo o postear una entrada. A las 6 abro el correo del trabajo y comienzo a entrarle duro a las tareas del día.

Nunca me imaginé en un trabajo como este. Corrección. Sí me imaginé, nada más que estaba en una de las salas de mi infierno personal. Desk jockey. Paper pusher. Gopher. Una mega empresa con ramas en diferentes países del mundo, un nombre reconocido. Funciones específicas, tareas por hacer, metas por cumplir. Y de pronto me gusta. Lo que más me he acercado a un ambiente "profesional", y no tengo alergia ni sarpullido. Todavía no.

Así que mientras me dure la luna de miel laboral, me inspiraré con pornografía oficinística:

http://www.threebythree.com/
http://www.seejanework.com/index.asp
http://www.mujionline.co.uk/index.asp

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