5 jun. 2006

apariencias

Estoy tomando sapo licuado, según lo que dijo mi compañero de trabajo la última vez que me pedí un Blackberry Green Tea frapuccino. Un granizado verde limón con chantilli y salsa de moras... desafortunadamente, mi compañero tiene razón: la bebida no se gana puntos por apariencia.


La temperatura ronda los 34°C, y aun estando a la sombra, el calor es como una cobija que irradia desde el pavimento y va absorbiendo pies y piernas. Me gusta el sabor amargo y dulce del té verde, y la textura densa repta por mi garganta en vez de deslizarse. Al entrar vi un muchacho solo, sentado en una mesa. Pensé en que acá la gente se sienta con otras personas para conocerlas, que tal vez sería interesante hacerlo. Qué tan difícil podría ser llegar y preguntar: "disculpa, te importa si te acompaño?"

Caminaría hacia la mesa y me fijaría que estaba leyendo el periódico con desinterés. Tenía por aparte la hoja del sudoku doblada para enmarcar el rompecabezas, y un lapicero apoyado en el cuadrante de periódico para cuando terminara de ingerir noticias. Me sonreiría y haría campo en la mesa para que pusiera mi té, y le preguntaría si vivía cerca. Le contaría que estoy de viaje, quedándome en Glendale una semana más de lo planeado. Hablaríamos de las altas temperaturas, de los usuales planes de fin de semana, del placer que da sentarse con un periódico y un café en un lugar con aire acondicionado pagado por otra persona. Pasaríamos un rato interesante hablando sobre las razones para ir por un café un domingo en la tarde. De la demográfica que existe de personas de veintitantos o treintaypocos que no pasan con la familia. Discutiríamos sobre la imposibilidad de escoger una carrera que desempeñarás el resto de tu vida a los 17 años, cuando ni siquiera eres considerado para elegir presidentes o tomarte una cerveza.

Caminaría hacia la mesa y entonces la cara del muchacho se iluminaría. Me extrañaría un poco pero seguiría mi rumbo. Casi llegando a la mesa, una persona me diría con urgencia "excuse me", y al darle yo campo, daría dos zancadas y se sentaría en el asiento al que me estaba dirigiendo. Se agarrarían de las manos con esa mezcla de fuerza y ternura, y sumergiéndose mutuamente en las piscinas refrescantes de sus ojos se olvidarían del resto del mundo. Entonces, con la cara roja pero sabiendo que era la última persona en la que se fijarían en su meditativa autocontemplación, pretendería que mi intención era y siempre había sido ir a ver las tazas que estaban para la venta en la tienda, y para hacer más convincente el teatro, compraría una de ellas. Cara, fea e innecesaria en mi vida, pero vital para terminar de jugar mi papel en ese momento.

Pagaría y buscaría la mesa del joven. Un libro existencialista me animaría: sería alguien interesante, posiblemente. Ya tendríamos tema de conversación. Preguntaría si estaba disponible el asiento. De respuesta me ganaría un gruñido mordisqueado diciéndome que el asiento no estaba disponible. Arrancaría vorazmente en una diatriba contra mi y el mundo donde explicaba que si llegaba a un café a sentarse solo era porque le GUSTABA sentarse solo. El que yo me sentara ahí, desafiaría el propósito de la búsqueda de tranquilidad y soledad. Que había muchas otras mesas disponibles, que buscara alguna con una persona a la que le interesara sentarse con alguien quien obviamente no tenía nada mejor que hacer un domingo en la tarde que ir a ver que buscaba en una cafetería.

Entonces recogí mi té verde y me fui a sentar en la mesa opuesta. Abrí mi libro:

"Her feeling of fragility was so strong that she was startled by the appearance of a woman at her left, who walked in step with her. Sabina glanced at her profile and was comforted by her tallness, the assurance of her walk. She too was dressed in black, but walked without terror.

And then she vanished. The mirror had come to an end."

Al rato me acordé del muchacho, volví a ver y no estaba. No me di cuenta cuando se fue.


3 Comentarios:

Anonymous El Comentarista dijo...

La insoportable levedad? digo yo, o tal vez el insoportable peso y el sabor triste de las tardes de los domingos.

3:15 p. m.  
Blogger Jaqui dijo...

....cuantas veces he deseado no haber dado ese paso, y haber dejado todo como mi imaginación hubiese querido. En otras ocasiones, simplemente me alegro.

4:16 p. m.  
Blogger Javier el Gusanoide dijo...

No lo puedo creer que coincidencia, estoy leyendome por segunda vez ese libro, lo había leído hace casi una decada.

9:11 a. m.  

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