4 ago. 2006

Zapatos

Ayer decidí estrenar unos lindos zapatos cafés. De taconcito coqueto, puntiagudos, con unas micro tachuelitas en bronce sobre el empeine. Gracias a esos bellos zapatos ahora también estoy estrenando una colección de curitas sobre mis dedos de los pies, los cuales cruelmente comprimí en un espacio no mayor a una caja de fósforos.

Que montón de cosas hacemos las mujeres por vanidad. Casi todas podrían ser consideradas tortura si no fueran masoquistamente autoimpuestas. Depilación, fajas reductoras, tintes, brassiere pushup, pantimedias, el blower para los eventos especiales, sacarse las cejas y los tacones altos. Para la depilación hay opciones, si tenés buen cuerpo no te tenés que preocupar de las fajas reductoras, y cualquier otra "torturita" es evitable. Pero los tacones... como abandonarlos?

Hasta hace un tiempo podrían haberme importado menos los zapatos. Pero ahora que trabajo en una oficina con código de vestimenta, mis 2 pares de zapatos bajos (cafés y negros) ya se vuelven monótonos y aburridos. Entonces me embarco en comprar zapatos, con la mala suerte que usualmente subestimo su poder subyugador. Quedan estacionados en el clóset, ya sea porque tienen el tacón muy alto, o lastiman o son muy grandes y se me caen.

Hoy regresé a mi zapato de señora. Chato, punta cuadrada en un negro discreto apenas para vestir pies de monja. Y mis dedos me lo están agradeciendo. Sin embargo, extraño la sensación de poder que me dieron momentáneamente los tacones culiolos. Ni sé bien expresar por qué sentía que a pesar de estar prácticamente incapacitada para caminar, mis pasos tenían un "toque de distincción". No es que quiera convertirme en Imelda Marcos, pero sí hacerme de mi ajuarcito de calzado. Es que los tacones... Levantan nalgas, alargan piernas y dan elegancia a cualquier traje. Trate de caminar con garbo y elegancia en chancletas, o verse bien vestido con tenis. O verse a la moda con mis zapatos de abuela.

Recuerdo cuando salía a bailar en sandalias o botas de tacón,algunas de plataforma: podía hacerlo con un excelente nivel de expertise por horas y horas. Y repetir la noche siguiente. Igual los dedos los tenía apachurrados, la planta del pie acalambrada, pero una disasociación me permitía ignorar el dolor de las rodillas para abajo, y aprovechar esos centímetros de estatura que me brindaban. Unas cuantas semanas de zapato nuevo y eran ya como una segunda piel.

Envidio a esas mujeres que van a hacer compras en sandalias con tacón de aguja. Aquellas que se visten con zapatos espectaculares que combinan con su ropa y se ven de lo mejor. O tienen un excelente "poker face" o el umbral del dolor por las nubes. Pero yo no lo logro. Disimulo muy mal el cansancio, me balanceo en el tacón cuando se cansan las puntas de los pies, aprovecho y me los quito debajo del escritorio. Evito caminar a toda costa. Entonces compro mil y una plantillas especiales para domar los zapatos y finalmente renuncio a usarlos, y van a parar al cementerio de zapatos, o se los paso a mi hermana que pareciera tener pies de acero. Pero ahora me resisto a agachar la cabeza y darme por vencida. Lo quiero lograr. Lo conseguiré. Por lo menos hasta que diseñen zapatos bajos que brinden esas mismas maripositas en la panza que un buen par de tacones me pueden dar.

1 Comentarios:

Blogger Raiha dijo...

Nada que la costumbre no pueda arreglar.
Yo anduve en bus de Grecia a San José por 6 años y nunca dejé de usar tacón de punta. XP

3:47 p. m.  

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