17 oct. 2006

Green Mountain

De pronto pasa todo el fin de semana y estoy de regreso en mi casa y pienso en que uno puede moverse, salirse, mudarse y llegar al mismo punto, pero como diferente persona. Me hago un té y me siento en mi jardín mientras lavo la ropa. Pienso en la "estética" arquitectónica de Monteverde. Hay estantes y repisas y libreros y percheros y las cosas todas están expuestas a la vista porque guardarlas es invitar a la humedad. Comer natural y fresco, porque las cosas no duran mucho libres de moho, hormigas o animales que se las coman. Cocinar en casa porque comer afuera sí que es prohibitivo. Que la ropa es para usarla, porque si se guarda para un momento especial puede que esté manchada de agua, moho y comido para polillas antes que se pueda estrenar. Es vivir en el momento, planeando para el futuro pero sin obsesionarse. Creo que tengo que aprender de ahí.

Sin embargo, no todo es paz y amor. Monteverde cambia y a la vez se queda igual. Regresé agradecida de haber podido vivir allá y disfrutar un Monteverde que cada vez va desapareciendo, y haberme ido antes que se acabara la luna de miel. Entre robos a casas y asaltos a mano armada, la inseguridad crece y la policía todavía no tiene potestad para hacer nada, dependientes en todo de la delegación en Puntarenas. Los precios siguen altísimos para los locales, y cualquier baratija y chuchería que vayas a comprar está con su precio en dólares y al triple de lo que cualquiera con sentido común y salario en colones pagaría por él. Hay muchas más construcciones y eso explica "la mala temporada": Con más de 80 hoteles en Monteverde, me fue fácil entender por qué no se llenan.

El bar/galería/restaurante que me habían ofrecido administrar cerró, el centro de arte también quebró, éste por mal manejo del instituto Monteverde y aquel taller donde podía ir a usar el torno y hornear mis espantosas vasijas ya no existe más. El bar al que siempre iba lo pasaron de lugar igual que el vegetariano. Así iba pasando lista mental de lo que conocí, de lo que viví y lo que ya no está.

No sé mucho del pueblo: Santa Elena la pasé de volada, cuando llegué y cuando me fui nada más. De resto disfruté haciendo lo que me gustaba hacer durante los fines de semana. Amigos, comida, caminatas, tomar té y ver llover. Fiesta de maestros y voluntarios el viernes, con mucho vino Clos merlot y disfraces, en una casa con un tobogán integrado.

Sábado fue de dormir hasta tarde escuchando a los congos y los pájaros, enroscada entre cobijas y compañía y frío y gata prestada que juraría que es familia de la mía. En la tarde caminar hasta Cerro Plano haciendo parada en alguna que otra tienda que no estaba cuando vivía ahí y pasar a comer helado con viejos amigos. Hacer compras en el super y regresar a la casa a cocinar. Pizza casera y Cranium en la noche y nuevamente a la cama.

El domingo en la mañana hubo mitin cuáquero y ahí estuve nuevamente en el cole donde por un tiempo di clases y tutorías. Subir a la reserva de Monteverde a pie, hacer picnic en el jardín de colibríes y a caminar bajo la lluvia por senderos, cruzar el puente colgante, tomarle una foto a un congo compungido que se abrigaba infructuosamente de la lluvia en una ramita. Caminando un poco más llegamos a La Ventana, en donde vimos hacia la neblina e imaginamos que nuestra vista llegaba hasta el océano pacífico y después miramos a nuestras espaldas e imaginamos que desde ahí y entre las nubes observábamos el atlántico. A casita y a cambiarnos de ropa, ver una película poco inspiradora, hacer la cena y jugar scrabble. Al día siguiente, regreso a casa en el primer bus.








1 Comentarios:

Blogger ammortus dijo...

Que rico poder vivir así Medea, sin las prisas ilógicas de la sociedad

10:56 p. m.  

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