26 ene. 2007

El Parque de los Deseos


En el Parque de los Deseos sentía calor, a pesar del día oscuro y nublado. Tal vez es la piedra dorada que se usa en todo el piso, o la madera, o tener arena con la cual jugar que me hace pensar que estoy en la costa, a la orilla del mar. Mi mamá es buena dando tours, tiene una excelente memoria para acordarse de historias y de mejorarlas a su manera. Cuando cuenta una anécdota, le imprime ese sello personal que hace que sea mejor a la vez anterior que uno la escuchó. Le pedí que me diera un paseo guiado por el parque.

Me contó del día que se vino a sentar con mi papá en la explanada a ver una película proyectada sobre la pared del planetario. No se acuerda de la película, lo importante era que estaba con mi papá haciendo algo diferente. Me comentó de la limpieza impecable de los baños públicos, y de la ingeniosa manera como se iluminan a punta de unos diminutos tragaluces que en la superficie de la plaza me parecieron a la vía láctea. Vimos a niños correr entre los chorritos de la fuente y nadie los regañaba, porque el parque se hizo para eso, para que los niños y los adultos puedan mojarse y chapotear y correr y jugar si quieren.

Hay unas bancas rotativas donde la gente puede tirarse a ver el firmamento en las noches estrelladas, tienen hasta una almohada tallada en la madera para que uno se acomode y lo gire de acuerdo a lo que se quiere ver. Dice que a veces hay charlas de astronomía y lo van dirigiendo a uno para que vea diferentes constelaciones o eventos celestes: con unos espejos pueden proyectar lo que ve el telescopio en la pantalla. Me mostró el monolito para los eclipses, donde cuando se va ocultando el sol o la luna, mueven un brazo con un disco oscuro que va haciendo eco del evento celeste. Llegamos hasta el reloj de sol, calibrado específicamente a la hora de Medellín, que no sólo da la hora sino que también te dice en que parte del año estás. En seguida del reloj de sol, hay un calendario indígena muisca, que de acuerdo al sol y a las sombras le decía a los pobladores si había que sembrar o cosechar. Ahí a un lado del calendario hay unas "conchas" acústicas. Están separadas a 15 metros la una de la otra y tienen la cualidad de que si uno se para en la concha y habla hacia la pared, una persona de cara a la concha opuesta puede escuchar nitidamente lo que estás diciendo, aunque uno no lo grite, sino que lo susurre. En las caras externas de las conchas está impresa la geografía de la luna. En una, la cara que vemos, y en la otra, la cara oculta.

No me deja de sorprender la limpieza. No hay graffitti en ninguna superficie, las cosas se ven limpias, lindas y cuidadas. No abundan los basureros y sin embargo no hay basura en el piso. No hay colillas de cigarro en el suelo ni enterradas en las piletas de arena. Creo que eso fue lo que más me impactó. La ausencia total de chingas de cigarro, algo que ya pensaba que era parte del panorama humano. Cuando comenzaron a caer esos goterones del cielo, fuimos a escondernos del agua y nos tomamos un café: ella me contó que cuando mi tío, uno de sus hermanos menores, estuvo internado en el hospital, casi desahuciado con un cáncer que lo estaba comiendo por dentro cada día más, ella y sus hermanas salían al balcón del hospital cuando él estaba en cirugía y desde ahí escuchaban y veían la película del planetario.

No sé si habrán pensado en ese momento en el nombre del parque, o si tendría algo de cierto, lo que sí sé es que mi tío, aunque todavía no vence el cáncer, todavía está vivo.

Hay fotos acá.

*Edición*

El domingo regresé al parque. Estaba soleado, lleno de gente y si nos dio tiempo de entrar al planetario. La misma guía del viernes nos acompañó. Pensé que no me podría impresionar más el parque, pero después de la visita completa, lo logró. 100% recomendado.






1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

muy bonitas las fotos, medea. tb sus relatos llenos de detalles que solamente alguien como ud podria transmitir a palabras :)

1:41 p. m.  

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