21 mar. 2007

Un libro abierto

De los recuerdos de mi infancia, casi todos están ligados a la lectura. Cuando no sabía leer, me leían en casa, o miraba dibujitos de los libros y trataba de recordar sus formas. Después me chantajearon con la idea que si aprendía a leer, no tendría que apagar la luz e irme a dormir en la parte más interesante del cuento, sino que podría seguir y seguir leyendo. Y así lo hice por muchos años, debajo de una cobija con una linterna, como si la cobija fuera suficiente para evitar que mi mamá se diera cuenta que no estaba dormida.

Ayer fui a un conversatorio en Plaza Mayor, antes llamado el Palacio de las Exposiciones, como parte de la actividad de la III jornada pedagógica de Leer es una fiesta... Con ese nombre y aún así estaba lleno de gente. Nos fuimos a sentar a un ladito, en el piso, y
William Ospina nos llevó de la mano en un recorrido en el que el arte no es tanto escribir el libro, sino el que hace cada quien que lee, cuando de esa serie de palabras que tiene en frente arma paisajes, personajes e imágenes imborrables. Una de las muchas frases impactantes que dijo fue que en los colegios nos enseñan a leer, pero como si leer se tratara de ver las letras en una página y entregar reportes y que pocas veces a uno le enseñan a amar la literatura, amar lo que se lee, a ser crítico con los libros y saber escuchar lo que nos quieren decir cada vez que los abrimos.



Mis libros favoritos son como buenos amigos. No importa que tan bien los conozca, siempre me aportan algo nuevo. Cada vez que los abro es como abrirle la puerta al amigo. Entonces es cuestión de sentarse cómodamente y conversar de los mismos temas de siempre, del punto de vista conocido, de las historias que uno nunca se cansa de oir, y siempre, SIEMPRE salir conociendo un poco más de mi misma.

Mis libros favoritos son muy variados, como los amigos que ninguno se parece a otro. Son todos libros, que como comentó Ospina, uno tiene que estar consultando. Un libro favorito nunca es un libro que se leyó... es un libro que se sigue leyendo. Cuando leo 100 Años de Soledad, entiendo un poco más las historias de mi familia: mi prima q se escapó para irse con el circo, la larga lista de sacerdotes, curas e incluso un obispo, el modus operandi de la dialéctica hogareña. Si abro Orgullo y Prejuicio, las historias de Eliza Bennet y Mr. Darcy me emocionan como si fuera yo la que tuviera que lidiar con ese hombre arrogante y pretencioso... y darme cuenta que en realidad me gusta mucho más de lo que soy capaz de admitir.

También hay libros favoritos de mi pasado: como los amigos que ya no están con uno, de los que uno se acuerda nostálgicamente. La diferencia con los viejos amigos, es que un libro nunca me ha jugado una mala pasada, no me ha traicionado ni cambiado por otra. Un libro nunca me jaló el pelo, me insultó ni le dijo a sus amigas que no jugaran o hablaran conmigo. Por eso también tengo libros favoritos de la infancia, los que ya no leo, pero que sí me marcaron.
Mi Planta Naranja-Lima de Jose Mauro Vasconcelos, la serie de Susan Cooper, VC Andrews, Judy Blume, Beverly Cleary... incluso los otros libros de "baño", los que se sentaban en el tanque para leer en esos momentos de ocio como Sweet Valley High y The Baby Sitter´s Club.

En la escuela, a la hora del almuerzo, casi siempre me iba para la biblioteca. Recuerdo también encontrar ahí a otras niñas, que como a mi, les gustaba el silencio de ese gran edificio, las montañas de cojines y almohadas para echarse a leer y la cantidad infinita de libros, revistas, cuentos, poemas e historias que ahí estaban contenidas. Nos escondíamos detrás de uno de los estantes más alejados para leer libros con títulos como "qué le pasa a mi cuerpo", "así se hacen los bebés" y "la menstruación y yo", con sus imágenes de los años 70s de cinturones de higiene y toallas sanitarias no autoadhesivas. Recuerdo a una compañera que cada vez que le venía la regla, iba y sacaba "Are you there God, it´s me, Margaret"... eso la hacía sentirse mejor de ser mujer, con todo y cólicos, nauseas y dolores.

También ahí detrás de ese estante me fui a sentar con alguno que otro compañerito, con terror que decidieran que sería buen momento para darme un beso... con terror y ganas que sucediera. La única vez que hubo posibilidad que eso sucediera, salí huyendo apenas la conversación se tornó espesa: a mis 10 años, definitivamente le ganaba mi pudor a la curiosidad.

Ya no tengo la biblioteca de mi infancia, ni los libros que solía leer. Pero a veces me encuentro alguno que sé que se volverá imprescindible y es un momento de absoluta felicidad.

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5 Comentarios:

Blogger Murasaki dijo...

Eso sí que es cierto. Los libros se vuelven inseparables compañeros. Y los que no, bueno, igual algo aprendiste.

3:47 p. m.  
Blogger Oskr dijo...

Que excelente post. Yo soy uno de los nostálgicos que recuerda los momentos donde se tuvo el tiempo para leer un rato, ya sea en el colegio, la casa, la U o hasta en los viajes para todos esos lugares para entretener un poquito la imaginación con grandes lecturas. Recuerdo días de vacaciones donde lo único que hacia era devorarme un libro completo. Que tiempos aquellos que con mucha pena he tenido que dejar atrás para mejorar en los estudios. Pero de vez en cuando si retomo esas sanas prácticas. Saludos!

3:47 p. m.  
Blogger bAlleNita dijo...

je, que tierna...
mis saludos

8:01 a. m.  
Blogger liz dijo...

Este comentario ha sido eliminado por el autor.

10:34 a. m.  
Blogger liz dijo...

Justamente ayer me topé con este dibujo. Tener un buen libro y decidir que uno quiere-necesita- una cita, en el sillón, con ESE libro.

http://xkcd.com/c238.html

Y lo romántico de estar en un cafe, compartiendo tu mesa con la persona que comparte tu cama, donde ambas tienen la nariz totalmente hundida en sus propios libros.
No es lo mismo si son computadoras!

10:37 a. m.  

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