15 may. 2007

De Espantos

en Medio del Ruido encontré un enlace a historias de espantos verídicas y no pude evitar husmear a ver qué le había pasado a otros. Son tétricas: las del succubus de el gerente o la de la turba del demonio en remedio pa´l corazón son suficientes para bajarle las medias a uno del miedo. Mi historia palidece en comparación, pero tal vez la amiga que lo vivió conmigo piense lo contrario.

Salimos a las 9 pasadas del taller de "teatro para montaje de viacrucis", un curso pedido por la comunidad de San Vito de Coto Brus y que estábamos dando como parte de nuestro Trabajo Comunitario Universitario, AKA. TCU. Éramos las únicas desafortunadas que tenían que quedarse hasta esas horas dando clases en los salones comunales de la iglesia, los demás hacía rato habían subido al albergue indígena a cenar. Mi compañera y yo agarramos nuestras cositas, nos despedimos y salimos cuesta arriba para llegar al Albergue.


Había un chiste que decía que cada que llegaban los estudiantes de la Universidad de Costa Rica, los viejitos se morían de la impresión: todos los días había mínimo un funeral, como si se pusieran de acuerdo para que una vez pasada la navidad y el año nuevo ya fuera momento de despedirse del mundo terrenal.

Esa noche tenía demasiada hambre. Venía pensando en el sánduche de paté con queso crema de las 5 de la tarde, de las clases, de los estudiantes difíciles y otras cosas mientras subíamos las 7 cuadras para finalmente cenar. La calle serpenteaba, y había una vuelta de la carretera donde lo único que había era un cementerio. La calle había sido excavada de la montaña, y al frente estaba un cafetal como a 2 metros sobre la superficie de la calle, y a ambos lados del cementerio era lote vacío. Cuando terminaba la pendiente y se enderezaba la calle, había un poste de luz y un par de casas.

Habiendo pasado el cementerio la cremallera ( o zipper) de la mochila de mi amiga se reventó. Yo sé hacer esos arreglos de zipper así que nos detuvimos un momento, y de pie detrás de ella me puse a colocar el pasador nuevamente sobre la cremallera. Mientras peleaba con el zipper, ella me dijo que mejor siguiéramos, que ella se llevaba el morral al frente. Yo ya casi lo tenía ensartado, así que le dije que me diera un momentito. Entonces cerré la cremallera sin problemas. Levanté la vista y venía una señora bajando la pendiente. Dimos un par de pasos y se reventó la cremallera nuevamente, esta vez el pasador metálico salió volando.

Por pura precaución, mi compañera tenía una aguja con un pedazo de hilo ensartada en la tela de la mochila. Cuando se reventó nuevamente el morral, ella dijo que lo llevaría al frente, que mejor nos fuéramos, pero las cosas estaban a punto de caerse del morral, eso había que sostenerlo de alguna manera. Le dije que me diera un momento para usar el hilo para coser unas puntaditas y después seguíamos, que peor sería dejar cosas botadas de camino. Ella me dijo que me apurara, que lo hiciera rápido. Levanté la mirada y la señora venía bajando muy lentamente por la calle. Sospeché que ella era la razón de las ganas de mi amiga para seguir y no detenernos más tiempo.

Mientras aseguraba el morral con esa aguja e hilo, pensé en la soledad de esa señora que venía caminando. Alguien que camina solo de noche o confía mucho en el pueblo que vive, o ya no le importa nada. Yo entiendo esa necesidad de caminar de noche, de analizar la vida, de hacer que pasen las horas en la calle antes de estar en un sillón al pie de una ventana viendo como avanzan lentamente las manecillas del reloj. Seguramente estaba sintiéndose sola, quien sabe si su esposo habría sido alguno de los que murieron en esos días anteriores. Qué golpe debe ser pasar toda la vida con alguien, y un día ya no está a tu lado. Ya no amanece junto a ti, ya no te despiertan el olor de sus gases de cuerpo envejecido, no te volverán a dejar el asiento del sanitario arriba, no tendrás que alistar cafecito con pan para dos nunca más: que te hagan falta todas esas molestias es lo más triste del mundo. Miré a la señora y venía vestida en bata de dormir y pantuflas de esas rosadas que venía arrastrando por la acera. Mi amiga no dejaba de decirme que me apurara, que rápido, que si ya estaba listo. Entonces se me ocurrió que seguramente la señora era estudiante de mi amiga. Probablemente era una señora de esas súper molestas, de esas amargadas que todo les parece terrible y horrible y mal hecho. Pero peor aún de las que le conversan a uno en la calle y le cuentan todos los males y penurias y esperan que uno asienta y esté de acuerdo en todo lo que dicen: Sí señora, que terrible que la lambada sea la causante de tanto Sidoso en el mundo. Verdad que sí.

Terminé de coser el morral, tenía como 35 vueltas de hilo ahí juntando los dos pedazos de morral a un lado y otro de la cremallera dañada. Le dije a mi amiga que ya estaba listo y estiré la aguja para usar los dientes y cortar el hilo restante. Cuando jalé la aguja, extrañamente todas las 35 vueltas se vinieron detrás, y nuevamente se desparramó la mochila.

Mi amiga me insistió en un susurro que nos fuéramos YA. La señora ya estaba casi junto a nosotras. Levanté la mirada pensando en qué cabrona mi amiga que quería evitar a su estudiante, y ella tan triste por la muerte de su marido, y aproveché para saludar con la cabeza a la señora. La señora pasó junto a mi y ni siquiera me determinó. No me devolvió el saludo, me ignoró completamente. Entonces entendí por qué mi amiga no quería saludarla. La señora era una grosera!

Mi amiga estaba quieta completamente y me dijo en un hilo de voz: "viste eso?". Yo le respondí: jajaja, que bárbara, evitando a una estudiante?. Ella me dijo: no la conozco! No te pareció rara?. Me entró un escalofrío. Entonces me di la vuelta para mirar de reojo a la señora. Estaba parada de espaldas al cementerio, al puro frente de la reja cerrada, con la mirada fija en el paredón de tierra al otro lado de la calle. Tenía ruleros en la cabeza. Tranquilizada, porque de haber sido un fantasma hubiera desaparecido en ese momento de película donde uno vuelve a ver, volví la cara donde mi amiga y le dije: pues que está como mal vestida para andar en la calle! Ella me apretó la mano y me dijo: Mírela bien! Tiene los ojos raros y la cara torcida! Volví a girar la cabeza para cerciorarme mejor, y la señora ya no estaba.

Mi amiga pasó al frente su morral, lo agarró entre sus brazos y subió corriendo la calle. Yo iba detrás de ella, recogiendo lo que iba dejando a su paso la mochila abierta y pensando en la señora, quien probablemente había entrado intempestivamente al cementerio a despedirse de su difunto marido.

Cuando llegamos al albergue mi amiga insistía que eso había sido un fantasma. Ella sintió el frío de la señora, tenía la cara como muerta, yo había visto que la señora no respondía, y ella comentó que además la señora no hacía ruido. Yo ya iba a tacharla de exagerada porque yo estaba segura que la señora venía arrastrando las babuchas, cuando me di cuenta de algo: mientras yo cosía el morral, el único ruido que se escuchaba en esa calle era nuestra respiración y el pasar de la aguja por la tela. Ni siquiera grillos. Yo asumí que arrastraba los pies porque no había ningún movimiento vertical con cada paso, sino que mantenía la cabeza al mismo nivel: eso sólo si alguien "flota" o arrastra los pies. La opción lógica era la de los pies. Mi amiga me hizo caer en cuenta que tampoco escuchamos el abrirse de la reja del cementerio, que igual pasaron menos de 5 segundos entre miradas, que no habría dado tiempo suficiente para que la señora entrara o se fuera a algún otro lado, que la pared del cementerio era de menos de un metro de alto y que al no ser que la señora hubiera corrido como sprinter de salto de obstáculos, brincado la tapia y se hubiera acostado detrás del muro, la hubiéramos tenido que ver caminando entre las tumbas.

Yo pensé que si el hombre con el que estuve casada 60 años se hubiera muerto, yo también hubiera sido capaz de saltarme esa tapia y esconderme detrás del pequeño muro a llorar.

No voy a escoger a nadie específico para contar su historia. Más bien, si tienen una para contar, escribanlo en su blog y me dejan un comentario.

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7 Comentarios:

Blogger Oskr dijo...

que miedo! yo con mis casi 21 años cumplidos soy un total maricon para los fantasmas, si a mi me hubiera pasado eso de fijo dejo la mochila tirada y "pies para que los tengo?"

12:45 a. m.  
Blogger Marcela dijo...

que miedo tan macho!!!!!!! y dices que no te parece de terror!!!!! huyyyy

10:03 a. m.  
Blogger Mauricio Duque Arrubla dijo...

No fregués, me dio un escalofrío el macho al leer tu historia... Yo no tengo ninguna propia para contar. Si me hubiera sucedido estaría muerto por el susto. Las historias que conozco siempre son ajenas, bendito sea mi Dios...
Saludos y gracias por la referencia...

7:21 p. m.  
Blogger Murasaki dijo...

mmaaaeeee qué sustillo!!! eso está peor que la vez de semana U que me quedé a "dormir" sola en la 04 mientras ustedes breteaban en la carroza y al ratillo de haberme acostado "La Mechuda" llegó a darme (literalmente) una vuelta...me acuerdo que yo nada más mantenía los ojos bien cerrados mientras escuchaba los pasos rondando...

10:29 p. m.  
Blogger medea dijo...

Los fantasmas no me espantan... Creo que me da más miedo cruzarme con un ratero, un atracador, un nea de esos medio traquetos empericado con ganas d buscar problemas q una viejita que tal vez no estaba ya entre los vivos.

Un muerto podría asustar, pero un vivo puede matarlo a uno después del susto.

1:19 a. m.  
Blogger Mariana dijo...

Pienso igual que Medea :P... A los vivos hay que temerles, porque son quienes nos pueden hacer verdadero daño... A los muertos, si es que nos visitan, de un sustillo no pasa :P...

12:07 p. m.  
Blogger Arias dijo...

mierdaaaaa medea ya no voy a dormir

y eso que son casi las 6 de la mañana

y no voy a dormir

te odiooo!!!

siii, soy mas nena que oskr, me toco sacar el TV del cuarto despues de El Aro, y soy mayor que el.

aahhhh mierda, donde esta el tequila?

5:28 a. m.  

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